lunes, 22 de abril de 2013

Fábula casi auténtica del Conocido y el Sol


Un conocido, esta mañana, un conocido.

Un hombre/fundición. Más bien satélite,

aunque hay algo de planeta en el color

de la vergüenza, la guerra o los braseros; sus pies

parecen apropiarse de las alas del heraldo.
 

Mi conocido, hoy mismo, el conocido,

acopio de trabajos y leyendas- lo conozco hace tiempo, no lo niego-

radiándose en rumores me ha llevado hasta el ámbito que habitan sus susurros

y este buen conocido, esta mañana, confesó, qué apuro, por dios, me da contarlo,

que el Sol se le ha enredado entre las manos y, dios, qué gran prodigio,

se ha derretido ante él y siendo el hijo, la zarza, siendo el gemelo supérstite,

el héroe místico, lo ha suspendido del cielo,

constelación invisible a las miradas urbanas.

Yo he comprendido que los soles, los planetas, el mismo mar inflado por la luna,

nada son. No son nada. Yo tampoco.

Y triste, como solo un poeta es capaz de entristecerse,


me he retirado  hacia la oscuridad en la que guardo los folios,


los ojos y el bolígrafo.





(c) Ramón Ataz

4 comentarios:

  1. ¡Nos cegamos tanto siguiendo soles falsos! Amigo Ramón, los folios, los ojos y el bolígrafo puede que los guardes en la oscuridad, pero los utilizas para iluminarnos. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Alejandro, muchas gracias. La verdad es que estamos rodeados de gentes que satisfacen su ridícula ambición a costa de todos y de ellos mismos. Tu comentario, como siempre, merece la pena.

      Un abrazo.

      Eliminar
  2. He pensado mucho en Ramón Ataz en estos días, en cierta forma muchas de las cosas que he escrito han podido verse modificadas por la impresión, difícil de explicar, pero cierta, de pesimismo valiente lleno de esperanza que me ha dejado su despedida. Reconozco que al escribir éste que os presento, el más osado de todos los que he escrito puesto que en su búsqueda olvidó que existen las cuerdas y las redes o que siempre puede haber un lugar seguro donde guardar la ropa antes de mostrar una herida, su recuerdo era vago y difuso.

    Pero no puedo reprimir mi admiración hacia un hombre que no solamente sabía latín, estoy casi seguro de ello, sino que lo amaba, de eso no me cabe la menor duda, y lo mostraba siempre con la humildad del peregrino iluminado, nunca se subió al púlpito para hacerlo. La causa de que no le dedique el poema abiertamente no es otra de que me queden muchas dudas de que el poema esté a la altura de lo que él merece.


    Por pasar, puede ocurrir de todo en esta vida,
    tan monótona y siempre abierta a la sorpresa.

    Este poeta que se burla de su sombra y el destino
    podría ser bendecido por el pueblo
    que le volvió la espalda cuando necesitaba
    calor en el largo invierno que su alma fingía
    y algo esperaba
    mover en las conciencias con su aullido temerario,
    mas no por el sacerdote
    que desde la primera fila podrá ver
    las arrugas profundas que el hambre
    y la verdad habrán labrado.

    No es algo que yo diga,
    es por todos admitido,
    cada cual en su escenario despliega lo que tiene,
    y ya sabe el actor que vive por las mujeres
    que, casi nunca, visitan el camerino
    cuando se apagan las luces.

    Desconfía, Horacio,
    incluso de aquellas almas delicadas
    cuando se olvidan del hombre e imponen con voz
    condescendiente el brillo de su sotana,
    ellas no soportan el verbo temerario
    de quien ya no sabe lo que dice,
    pero en sus metáforas absurdas les recuerda
    el origen de la miseria de sus triunfos.

    ResponderEliminar
  3. "Y triste, como solo un poeta es capaz de entristecerse,

    me he retirado hacia la oscuridad en la que guardo los folios,

    los ojos y el bolígrafo."


    En mi opinión, nunca estarás más cerca de la luz que en la humildad de la sombra de la nada que somos todos. La comprensión de esta realidad siempre te hizo grande, Ramón. Felicidades hasta allá donde ahora estés.
    Salud.

    ResponderEliminar