sábado, 3 de noviembre de 2012
Ese poeta sonríe demasiado
Ese poeta sonríe demasiado.
Su cabello cesante
y las uñas saliendo de sus dedos
como pétalos
o naipes repartidos
-o quizá deba decir que en realidad
son como toldos
aferrados a fachadas veraniegas-
me atemorizan tanto o más que el frío verso que,
minuto tras minuto,
viste y desviste, igual que hace la fiebre con la frente de los niños.
¿A qué observan sus ojos de arenisca
cuando sale al balcón y friega el suelo?
No puede ser a esas muchachas, devotas del calor,
aunque deslizan cada vez más a menudo
sus cuerpos cimbreantes
del lecho a la piscina,
pero carecen de nostalgia y de experiencia,
no conocen la muerte ni el dolor
imprescindibles. Quizá ese niño,
sus manos
posadas en los pechos de la madre ennegrecida.
Será mañana,
cuando la leche expulse su estertor
de último alimento gratuito y pase hambre,
acaso entonces merezca su poesía.
Mira, poeta,
escucha la estampida
que baja por la calle principal hacia la plaza;
son como nubes a punto de reunir su oscuridad
y desleírse
en unitaria lluvia que corre por las ramblas sin control
de lo que arrolla.
¿No puede ser, no pueden ser aquéllos los que buscas
para anegar tus versos de sentido?
Demasiado concretos,
demasiado sonoros,
demasiado reales, no puede ser, que vengan luego,
cuando caminen de vuelta hacia sus casas
vacilantes, recuperada su sola transparencia.
La calle ha terminado,
el suelo limpio,
motores de astrolabios y guitarras
dios sabe de qué música evadidas,
acarician el balcón anochecido. El dormitorio
contiene su calor y sus aromas,
las fotos de su infancia, la dulzura
de las primeras muertes, y las últimas
más lentas, más constantes, y el olvido,
arropando su sonrisa, lo consuela.
Buenas noches, poeta, que tu voz
te sostenga hasta mañana,
otra vez,
duerme tranquilo.
Ramón Ataz
viernes, 26 de octubre de 2012
En cadena (Letanía por un desahucio)
En cadena
me llega, en cadena,
el sonido de un beso
me llega y el llanto
en el lecho
y la sangre, la sangre
recién salpicada,
en cadena, la casa
vacía, sin niño, sin madre,
sin cuerpo, sin padre, me llega
en cadena, los pasos forzados,
los guardias, los jueces, la voz y el suspiro
me llega en cadena,
la muerte impasible, impasible
el dinero, la puerta entreabierta
y la sangre, la sangre
burlando zapatos, y jueces y guardias,
me llega en cadena
el último plazo, el discurso del método
de un mal pensamiento, me llega
en cadena la suerte de un muerto,
su casa cerrada, los jueces, los guardias
volviendo, volviendo.
Ramón Ataz
sábado, 6 de octubre de 2012
Mis dobles, mis amigos
Entrad en mi casa puesto que yo he salido.
Hay una puerta solo, solo una, abierta;
la que descerrajaron los días débiles
de aquellos brazos libres,
de manos despegadas de otros cuerpos
poseedores del calor que a mí negaron
las noches impasibles.
Como hace la corriente al aferrarse a otra piel,
así el calor,
tras serme regalado, pudo usarme
como un refugio inerme y transitorio
donde aguardar a un cuerpo más amable.
Ya no hace frío, no aquí,
no en este parque
donde la barba me surge esperanzada
y recelosa y fiel, sin arrojarse al vacío por huír del estrépito
que vive en mis oídos; se sujeta a mi rostro
y crece y poco a poco
se extiende hasta poblarme por completo.
Sabed que aún estoy vivo y es posible
que vuelva a casa luego y os sorprenda
envueltos en la piel que allí dejé,
es muy probable
que uséis mis otras manos para abrirle
ventanas novedosas a los muros y os advierto
que se puede cerrar lo que otros abren.
Pero son blandos mis ojos y se apiadan
de todo lo que ven, también vosotros, mis dobles, mis amigos,
podréis dejar en casa el tibio sol
que hayáis traído.
Ramón Ataz
viernes, 5 de octubre de 2012
En otro tiempo
En otro tiempo hubiera abandonado el norte,
de donde vuelven los resucitados.
Al llegar a un territorio
inhóspito a la risa
hubiera dejado al Sol seguir su marcha
hubieran mis cabellos sufrido en el dolor
que tú sintieras.
Entonces sabía rastrear la ruta de tus ojos,
me adelantaba a ti, lloraba en tu lugar;
pero ahora tu mirada borra sus vestigios
y tu espalda sabe bien cómo esconderte.
Porque a tu rostro lo arrastra la Luna,
por eso eres capaz de sufrir sola.
Ramón Ataz
sábado, 22 de septiembre de 2012
La épica de las sillas
Lo que ocurre es que está en pie y el cereal
crece tan alto y el rugido
de una fiera legañosa
recuerda a la brisa
su poder, venido a menos, de llevarse
a otro lugar
el olor ácido del hambre.
Y puede vérsele partir
llevando en sus dos manos el tizne de la lumbre,
los huesos aún calientes de sus padres,
la carne desangrada de los hijos.
Nosotros que enojados
somos dueños del gobierno de las sillas;
nosotros que a lo lejos,
nos turbamos, comemos y dormimos, nosotros,
tubos de escape,
cazos de hierro con la tapa desplazada,
nosotros,
gritos echados a perder en las paredes,
somos la ola
que amaga y se retira
dejando peces muertos en la arena.
Ramón Ataz 2012
lunes, 17 de septiembre de 2012
Boceto en una una sala de espera
Dentro ocurren cataclismos
o quizá deba decir que este pequeño
dolor acomodado es un desastre.
Parece ser un final, como el retiro del alma,
la dimisión injusta de la sangre
aburrida de rodar a todas horas
por el cauce ensangrentado de mis venas.
En muchos hombres los brazos
retienen algún músculo
capaz aún de bruñir la piel vacía.
Hay disconformidad, hay desajuste
entre la tierna sonrisa de los niños
y el confinado desdén de un moribundo.
Y esto lo pienso
bajo los haces amarillos de una bombilla torpe
acusada de brillar en el vacío
a costa de explotar sus filamentos.
Dos mujeres marchan lentas
camino a la asamblea callejera de varios fumadores sonrientes.
Una confunde su llanto con su voz, mientras la otra
se apoya en cada uno de los pétalos
que viene deshojando su equilibrio y todo,
todo es amarillo, la ropa, las paredes,
la azafranada luz de la penumbra,
el tañido regular de mis pulmones que sugieren, por fin lúcidos,
un cataclismo, un desastre,
un minúsculo dolor,
una agonía.
Ramón Ataz
jueves, 6 de septiembre de 2012
De por qué no puedo explicar la razón de mi risa
No puedo explicar el porqué de estos impactos
ligeros, silenciosos, llegados a mi espalda,
ni la razón de que me ría después de cada golpe
y espere el siguiente y recuerde todos.
De verdad quiero que el mundo comprenda
a qué juegan los pies cuando no saben andar,
pero el caso es que estáis todos en la idea
de que a las causas las siguen los efectos,
de que la lucidez puede medirse en exclusiva
por el solido equilibrio de las piernas,
en fin, todos creéis, probablemente,
que la música se expresa con sonidos.
Si mis palabras fueran solo de imagen,
si vuestros ojos se atrevieran a escuchar,
podríais traducir cada patada
al lenguaje que aprendieron las chapinas
la primera vez que el mar habló a las costas.
Solo así podría, sí,
esa sería la manera.
© Ramón Ataz
miércoles, 8 de agosto de 2012
El modo en el que a veces te quiebras
El modo en el que a veces te quiebras,
astillándote en hijos delgados,
es tu forma elemental de estar presente. Yo
te contemplo, agazapado, completa, desplegada
como un índice, erguida igual que un dogma, yo
disipo mi violencia perezosa
en la fertilidad de tu asombro,
renacida, tras el largo barbecho de la noche.
Y no hay desdén, solo aureolas de viento,
como siempre, arropándote.
Deja que te ame unos segundos,
cuerpo de luna doblada y escondida.
Sin pasarme, deja que te ame unos segundos.
Ramón Ataz
sábado, 21 de julio de 2012
La calle está llena de conciencias
A Pilar Morte
No son algas, son cabellos, primicias de los peces.
Contad nuestras cabezas,
somos bosques a punto de nacer, cientos de bosques
cuyos caminos, seguro, se entrecruzan;
troncos recientes creciendo y retorciéndose,
distanciándose deprisa del letargo.
Contad nuestras cabezas, son millones
de copas desde el aire, contadlas, no creáis
que entre todas poseen un solo cuello
y callad,
oíd ese tambor de levaduras.
A vuestros truenos opongo mi sordera,
a vuestros golpes el cuarzo
que espontáneo le ha brotado a mis arterias.
Resistimos, en raudal os resistimos,
porque el viento es nuestro, es nuestro el licor de los sarmientos,
nuestro el olor, es nuestro el trigo.
Ya no os escucho.
Quizá os descompongáis como las rocas
cubiertas por el mar, quizá la grava
filtrada a mi sandalia os pertenezca.
Ya no os recuerdo,
porque hay guitarras cantando nuestra vida.
Oh, memoria, apártate de mí, no vuelvas nunca
a distraernos del vino y derramarlo,
yace, reposa.
Que sean los muchachos los que luego,
al terminar la fiesta, te despierten.
© Ramón Ataz
domingo, 15 de julio de 2012
Voz
Debí levantar estatuas
con la materia que surge de tu voz
por cada momento en que, airada,
produjiste en mí palabras que te exaltasen.
No lo hice; antes bien traté de hacerlas mías,
estampé mi firma al pie de cada grupo
y fui protagonista ante las gentes
que piensan que como propias las atesoro.
Harás entonces bien en volver tu rostro
cuando ansíes de nuevo asirme del lenguaje.
Pero no enturbies el aire, te lo ruego,
porque por él transitan libres tus palabras.
© Ramón Ataz
sábado, 14 de julio de 2012
Tarde
¿a qué viene este obligatorio temor?
¿a qué seguir sufriendo si se conoce el después
y se conocen el cuándo y el acaso?
¿cómo sigue estremeciendo la aurora
a cada día?
estoy lejos de ser nocturno participante
esta tarde, a tantas vidas de la noche;
es terrible, terrible estar tan lejos;
y a qué viene el cosquilleo en las entrañas
insertándome esta tarde su nervioso consejo.
Oh tardes abrasadoras
irritantes; cada cortejo de ansias
desparramadas, saciadas o no saciadas,
tan rojas como el rubor, gelatinosas;
tranquilo, pausado pero nunca,
deshago la trenza de voces afiladas
y peces embuchados en anzuelos y mudos.
Joder, me repito al repasar los sortilegios
de cada uno de los años de mi vida,
los que me quedan, ¿cuántos son?
la tarde está trazada en vientres negros,
encabalgada a mi lomo, clavando sus espuelas.
© Ramón Ataz
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