Lo que te diferencia, Viento, de otros vientos,
no es tu constante enojo,
ni el empuje impertinente, ni la osada ambigüedad
que provoca tu intrusión en mis mareas.
Corres, Viento, al modo de otros vientos, perforas
la solidez del aire, tus azotes
me convierten también, como otros vientos,
en un objeto párvulo, apenas perceptible,
un aroma prendido por azar a tu tornado.
Lo que te diferencia, Viento, de otros vientos,
es tu forma de contemplarme en este siglo;
porque en ella hay palidez y en él hay miedo y en ambos lejanía
hacia la estepa extendida,
últimamente, entre estos ojos cobardes
a medio abrir,
casi viéndote
pasar, callados, secos.
(c) Ramón Ataz