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viernes, 15 de febrero de 2013

Estico encarcelado



¿A cuál de tus amos,
a cuál de tus discípulos
podrá servir la risa en que te abres
cuando las piernas te inciten a correr
y no te muevas?

Pondrán tus dientes árticos,
tu chaqueta colonial,
las guedejas que se arriman
y se asoman a tu frente
-despeñadero abrupto,
tajo a través del cual fluyen las calles-
sobre el jergón que, presumimos, resguarde
tu víspera continua.

Imaginamos (tú y yo)
la humedad un ámbito callado;
las paredes un sector de palimpsestos
sobre capas de miseria;
suponemos un terrario
sobre el suelo perezoso.

Meterás la bondad en tus bolsillos
pues las manos
se alzarán, anchas, extremas,
pretendiendo detener
la rabia azul -la rabia verde-
uniforme, enmascarada.

Sus ojos
están en algún lado;
te miran los fusiles
como si fueras el último elefante.

El aire en tus pulmones se transforma por sí solo en palabras

impropias de los siervos;
tus labios aprendieron a negar, todos tus músculos
desearon recibir tus instrucciones.


Pero incapaz de disentir
ahora te sientas.

Sin nadie que te obligue a estar de pie,
no eres más que un monasterio abandonado
al que piedras desprendidas
comienzan a dejar
lleno de huecos.
 

Latir, latir,

latir.      Latir
es lo que espera a los que viven idénticos
los días que les quedan.





 (c) Ramón Ataz

viernes, 26 de octubre de 2012

En cadena (Letanía por un desahucio)




En cadena

me llega, en cadena,

el sonido de un beso

me llega y el llanto

en el lecho

y la sangre, la sangre

recién salpicada,

en cadena, la casa

vacía, sin niño, sin madre,

sin cuerpo, sin padre, me llega

en cadena, los pasos forzados,

los guardias, los jueces, la voz y el suspiro

me llega en cadena,

la muerte impasible, impasible

el dinero, la puerta entreabierta

y la sangre, la sangre

burlando zapatos, y jueces y guardias,

me llega en cadena

el último plazo, el discurso del método

de un mal pensamiento, me llega

en cadena la suerte de un muerto,

su casa cerrada, los jueces, los guardias

volviendo, volviendo.






Ramón Ataz 

sábado, 22 de septiembre de 2012

La épica de las sillas



Lo que ocurre es que está en pie y el cereal

crece tan alto y el rugido

de una fiera legañosa

recuerda a la brisa 


su poder, venido a menos, de llevarse

a otro lugar

el olor ácido del hambre.
 


Y puede vérsele partir


llevando en sus dos manos el tizne de la lumbre,


los huesos aún calientes de sus padres,


la carne desangrada de los hijos.


Nosotros que enojados


somos dueños del gobierno de las sillas;

nosotros que a lo lejos, 


nos turbamos, comemos y dormimos, nosotros,

tubos de escape,

cazos de hierro con la tapa desplazada, 


nosotros,

gritos echados a perder en las paredes,

somos la ola


que amaga y se retira

dejando peces muertos en la arena.






Ramón Ataz 2012

sábado, 21 de julio de 2012

La calle está llena de conciencias


A Pilar Morte


No son algas, son cabellos, primicias de los peces.

Contad nuestras cabezas,

somos bosques a punto de nacer, cientos de bosques

cuyos caminos, seguro, se entrecruzan;

troncos recientes creciendo y retorciéndose,

distanciándose deprisa del letargo.

Contad nuestras cabezas, son millones

de copas desde el aire, contadlas, no creáis

que entre todas poseen un solo cuello

y callad,

oíd ese tambor de levaduras.

A vuestros truenos opongo mi sordera,

a vuestros golpes el cuarzo

que espontáneo le ha brotado a mis arterias.

Resistimos, en raudal os resistimos,

porque el viento es nuestro, es nuestro el licor de los sarmientos,

nuestro el olor, es nuestro el trigo.


Ya no os escucho.
 

Quizá os descompongáis como las rocas

cubiertas por el mar, quizá la grava

filtrada a mi sandalia os pertenezca.

Ya no os recuerdo,

porque hay guitarras cantando nuestra vida.


Oh, memoria, apártate de mí, no vuelvas nunca

a distraernos del vino y derramarlo,

yace, reposa.

Que sean los muchachos los que luego,

al terminar la fiesta, te despierten.







© Ramón Ataz

martes, 19 de junio de 2012

Elegía por el Gobierno de la Nación en su lecho de muerte




Aquel hombre sin puños admite estar muriendo.
Su dentífrica barba embalsama la nieve
caída en el tejado que corona su boca
abierta por un perno fijado a su mandíbula.

Quiere escapar a gritos del manto de la tierra
aprisionar arbustos con sus saltos de corzo
escupir crisantemos sobre la ropa verde
que disimula el árido soporte de su pueblo.

Conoce el recorrido de su esperma cansado
a través de infecundas y estrechas galerías
donde pernoctan vírgenes de piel impermeable
brotadas, como el trueno, del aire resistente.

Su mente, estabulada, su verbo previsible,
los brazos replegados sobre el torso desnudo,
encogidas, ineptas, las piernas enfundadas
en su ciénaga ilustre de rigor y miseria.

No tiembla ante la esfinge que le vigila el sueño
tan mustio, despoblado, enfermo y prescindido
como un lagarto quieto al filo de una roca
para el que no hay más sol que el rayo que le besa.

Son muchos los que lloran rendidos desde el suelo.
Morosos llantos, lentos, robustos como botas,
proclaman en sus pies la muerte imprescindible
rizándose en sus labios como una lengua esquiva.

Mi llanto no es más suelto ni mi lugar más alto,
ni llega mi esperanza más lejos que la suya.
Alzar las manos duele, y agachar la cabeza,
y rescindir el digno contrato con la vida.

Recibe mi lamento, viejo esclavo del orden,
contempla esta cobarde colonia de plañidos,
pero teme a su prole, a sus hijos hambrientos,
porque serán sus uñas las que cierren tus párpados.






© Ramón Ataz

sábado, 5 de mayo de 2012

Las calles derrotadas

                                                                                                                         A Harpo


 


A mi perro le gustan las calles derrotadas,
donde hace la lluvia penachos de barro
y el suelo revela relieves antiguos
en las quebraduras de algunos portales.

Suele sacarme de un camino limpio
su tracción intensa;
como si escapáramos de un escaparate
se nos ve correr,
saltar como piedras sobre el agua plana,
deslizarnos juntos
en pos de la herrumbre,
del olor a hoguera y a hostales de insectos.

Mi perro, sintiéndose solo pies y hocico
se agita y ensancha
mientras yo me agacho
ante el mármol frío de algo que supongo
una blanca lápida
-parece que cubra la fosa en que yacen
los huesos inertes de la clase obrera-

Y el silencio engaña al asfalto roto;
sugiere que dentro de los desconchados
y tras de las puertas
nadie está dormido, nadie está despierto.

Mi perro recorre el callejón podrido
sopesando aromas, suponiendo vidas
y risas de gentes tan empecinadas
en vivir que siguen en alguna parte
riendo y negándose a llevar sus huellas
a ese nuevo espacio
tan verde en los rincones de los mapas,
tan pardo en los ojos de los perros.





 © Ramón Ataz

viernes, 27 de abril de 2012

Exterior. Media Tarde. Un hombre y su hija sentados en una terraza.



Sea la densidad insoportable
-cuando aglutina el aliento palabras e ideas
formándose un légamo de ineptos balbuceos-
sea la interrupción que en el paisaje
ocasiona el acopio de edificios,
carcelarios recuadros de hornacinas
de las que asoman peladas calaveras,
sea esta atmósfera infestada de campanas,
pero algo ha de explicar que aquel muchacho
se acomode a este lado de la calle
y se siembre a sí mismo en las baldosas.
 

En mi mesa se extienden unos labios
prendidos al silencio de un juguete.
Se han hecho viejos los cantos de anfibios
y el agua se ha infiltrado en el subsuelo.

Un perro ladra,
hay disputas acerca de la leña,
hemos llegado lejos siguiendo la línea de farolas,
más allá -no debo sorprenderme si es de noche-
temo encontrar al niño alcoholizado
con el que me cruzaba en la escalera
de vuelta del colegio.

Será la densidad, no cabe duda,
no queda más que hacer que abrir la boca
y esperar de las palabras que encadenen
sus cuentas de rosario.

Vamos, Padre, tú me lo advertiste,
tu muerte vino luego a confirmar que habría dolor
todos los días. Preguntabas al termómetro
si debías sentir frío, te abrigabas
a instancias del mercurio, nos reíamos,
pero tu sensatez era coherente.
Mirabas los rostros y dolían,
jodido aristotélico, lo advertiste
a sabiendas de mi estúpida arrogancia.

Pone fin a la epopeya
la extinción repentina del bolígrafo.
Cojo el sueño, poco a poco,
acostado en los gorjeos de una niña

tan liviana
como el polen que transportan las abejas.






© Ramón Ataz

miércoles, 11 de abril de 2012

El nicho


Apartad huesos, 

haced sitio a la carne.
 

Arañas tenaces tejen casi puertas
- puertas no, más bien límites secos-
entre ambos espacios de un único nicho.

Si aquél contiene solo los ecos de un agosto,

este otro, el más cercano, lleno de ruidos confusos,
rebosa penitentes, desnudeces y trampas.

No queda sitio aquí, donde atestados,

son cada vez más ojos los que miran
a su reflejo mudo.

Resumíos, unid cuerpos, haceros como hebras.







© Ramón Ataz

lunes, 12 de marzo de 2012

Buhardillas

A mi abuelo

    Buhardillas....

Buhardillas poseedoras

del sonoro olor de las ideas
que heredamos a través de los silencios.

Once años gestaron el legado
de los hijos del esperma y del espíritu
-yo conocí a los primeros, otros muchos
acabaron siendo hálito y silbido
como le ocurre a los vientos al marcharse-
 

     ...Ideas...

El ideario sin voz de un derrotado
es la última comida del hambriento,
la libertad del proscrito,
la vida de los muertos.

    .... y ahora......


Mi barba crece,
mis manos se congelan,
Mi sangre gime cada vez más lánguida
cuando se pierde en los túneles quebrados
y tropieza y se detiene y continúa.

Se confunden los gritos y el dolor,
no se distingue a los amos de los siervos.

      ...puede ser....
 

Acaso sea la luz la responsable 
de que un sonido atraviese una pared
y por eso las buhardillas en penumbra
tuvieron que guardar lo que escucharon,
o acaso sus ladrillos demolidos
yacieron al final en las cunetas,
olvidados,
como un cadáver que nunca tuvo nietos.






© Ramón Ataz

jueves, 9 de febrero de 2012

En blanco (de sentencias, gotas y vasos rebosados)



 
Olvidar lo que he aprendido,
ser como un niño otra vez y sorprenderme
quedar en blanco, volver a inaugurarme.

No admitir de nuevo la enseñanza

de vuestra escuela de siervos secular.
No, no vengáis
a sembrar en mis surcos ni a regarlos,
no me miréis siquiera, no toquéis
el sillón desde el que quiero contemplaros.

Veré monstruos, desde luego, es lo que sois.
renunciaré al olfato si apestáis,
me guardaré las manos en el cuerpo
cuando descubra a mi pesar que sois tangibles.
 

Ahora puedo defenderme de vosotros
ya que nadie me ha enseñado a ser paciente,
nadie tumbó mi libertad, no me hice dócil,
ni se asfixió mi torso en vuestros brazos.

En esta ocasión no seré vuestro,

quedaré en blanco,
la primera huella impresa en la nevada
será mía,
seré ese bruto instintivo al que teméis,
cerrad las puertas, 
porque yo sí sabré lo que buscáis,
cerrad las puertas.



© Ramón Ataz

domingo, 22 de enero de 2012

Poema del hombre Manso o Tántalo redimido

.

Viviré en el interior de mi saliva,
donde los besos cambian su estricta trayectoria
y el mordisco de lobo que debió hacernos libres 

se corrige a sí mismo, se abandona y se muere.
 

        Yo lo veré
       -parece silbar esta pared de oro-
        sabe de tu silencio mi rostro absorbente,
        del mediodía perpetuo
        de tantos, de tantos
        cuyo sueño aplaca al estómago inútil,
        mientras tú te nutres como las palomas
        comiendo en los parques despojos del hombre.

Viviré en la levedad de mi saliva, 
pírrico sabor, lago de hastío,
me retendré en existencias barbitúricas
puestos en pie de paz mis pies obesos.

        Calma, calma, calma…
        no eres más que una tilde sin letra,
        Tántalo, mira:
        las ramas junto a ti se quedan quietas
        come otra vez,
        bebe otra vez,
        son tuyas.