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sábado, 3 de diciembre de 2011
Un poema de Esteban Granado
TEOSOFÍA
Que no soporta la melancolía
y que los días grises la iluminan del todo.
Resbalan las estaciones por su pecho envueltas en papel de calendario:
el hielo de febrero se parece a los cántaros de abril,
la transparente placidez que junio recupera disfraza sus arrugas en noviembre.
Ella, con su ropa barata y su peinado casual, estimula el resurgir del tiempo.
Ella dice que el tiempo es universo,
por eso viaja tanto en las noches de invierno y nunca lleva un paraguas en la maleta
(y nunca lleva un paraguas en la mirada).
Ella es el universo que ha nacido en su mente.
Se mueve por el tiempo y transforma el ayer en porvenir
de manera que solo le suceden los recuerdos.
Las mañanas de otoño sale a la calle con los ojos claros
y si vuelve mojada sus ojos son dos pozos de petróleo.
El viento apenas modifica su peinado de artista,
aunque insista en soplar con furia redomada
(algún mechón rebelde cae sobre su dorada frente sin estrépito).
Cuando la primavera se pronuncia, desecha otras fragancias
y se guarda la suya, inconfesable, su ración de pureza,
se hace fuerte al empuje sordo de la acedia,
domina el rasgo eufórico que desata el calor.
Y cuando ya hace calor y los pájaros reinan
convierte su equipaje en una alforja pobre para el pan.
Esteban Granado
http://elversoproverbial.blogspot.com/
viernes, 12 de noviembre de 2010
Dos poemas de Ory
A TI LA QUE ME INSPIRA OBEDEZCO Y DESEO
A ti la que me inspira obedezco y deseo
a tu invisible huir y tu errante venir
hacia la honda cuna del ritmo tú me llamas
trayéndome la concha de la profundidad.
Son sin fin son sin fin los diluvios caídos
corazones que a tiempo probaron su fragancia
aquí están todavía las palabras perdidas
y yo compongo un verso de saber y perdón.
EROS TREMENDUM
En la noche del sexo busco luz
y encuentro más y más oscuridad
mi cuerpo es sacro y sacrifica edad
sin tiempo sobre el tuyo cruz con cruz.
Subo y bajo y gravito mi testuz
cae sobre el muro de tu atroz ciudad
sin puertas donde al fin me da mitad
de entrada a la tiniebla un tragaluz.
Mantel mi espalda cubre los manjares
mis brazos y mis piernas son a pares
con los tuyos en forma de escorpión.
Las dos manzanas mi contacto deja
y duerme como un vaso en la bandeja
de tu vientre mi enorme corazón.
a tu invisible huir y tu errante venir
hacia la honda cuna del ritmo tú me llamas
trayéndome la concha de la profundidad.
Son sin fin son sin fin los diluvios caídos
corazones que a tiempo probaron su fragancia
aquí están todavía las palabras perdidas
y yo compongo un verso de saber y perdón.
EROS TREMENDUM
En la noche del sexo busco luz
y encuentro más y más oscuridad
mi cuerpo es sacro y sacrifica edad
sin tiempo sobre el tuyo cruz con cruz.
Subo y bajo y gravito mi testuz
cae sobre el muro de tu atroz ciudad
sin puertas donde al fin me da mitad
de entrada a la tiniebla un tragaluz.
Mantel mi espalda cubre los manjares
mis brazos y mis piernas son a pares
con los tuyos en forma de escorpión.
Las dos manzanas mi contacto deja
y duerme como un vaso en la bandeja
de tu vientre mi enorme corazón.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
CARLOS EDMUNDO
Esta mañana, tomaba un poleo en la barra de la cafetería que a veces uso de despacho. Leía la prensa del día cuando me he quedado helado con una noticia insertada con dificultad en una columna a la izquierda de la página. Carlos Edmundo de Ory, el poeta maldito, ha muerto. Es difícil que la muerte de alguien a quien no conoces más que a través de su obra te afecte demasiado. Al fin y al cabo nos quedan sus poemas, te dices en esa frase hecha para este tipo de ocasiones.
Sin embargo mis emociones eran más parecidas a las que produce la muerte de un amigo que tuviste alguna vez y al que hace años perdiste la pista, o la de un familiar que solo llegaste a conocer por las crónicas de tus padres pero con el que te sentías unido por ese hecho biológico al que llamamos lazos de sangre.
Mis labios se han quedado secos y contraídos, un estremecimiento me ha recorrido a velocidad eléctrica, y una montaña de evocaciones y recuerdos se ha precipitado sobre mi memoria.
Conocí la poesía de Ory en primero de carrera. Había ido a vivir con mis independizados hermanos a principio de curso, y por entonces llevaba ya unos cuantos años escribiendo poesía, aunque mis lecturas eran muy limitadas. Conocía a Lorca con cierta profundidad, y había picoteado todo aquello con lo que me había tropezado en el bachillerato, llegando a devorar a Catulo, que se convirtió para siempre en objeto de una de mis agitadas devociones literarias, pero lo cierto es que escribía mucho más de lo que leía.
Durante una tertulia nocturna con mi hermano mayor, le confié ese gran secreto, y como toda persona que escribe poesía, poco tuvo que animarme para que le enseñara alguna de las cosas que había escrito. Fue bastante crítico, eso lo recuerdo, pero sobre todo recuerdo que me prestó dos libros: Metanoia de Carlos Edmundo de Ory, y las Rubaiyatas de Horacio Martín de Felix Grande.
En ambos libros encontré esa poesía intimista que yo mismo buscaba, esa poesía que puede ser tan existencial como epicúrea, tan estoica como frívola. Con el tiempo Felix Grande quedó más apartado, aunque ese libro me sigue pareciendo genial, pero Ory continuó conmigo. Leí sus diarios, su prosa, sus extravagancias, sus sonetos. Desde entonces hasta ahora he tenido dos ejemplares de Metanoia, y tan desgastado está el segundo que deberé comprar pronto el tercero.
No soy crítico literario, ni siquiera soy buen lector de poesía, me dejo arrastrar por la música, por las sensaciones que el lenguaje y el ritmo me transmiten, y dejo en segundo plano el significado de los poemas, en el fondo es lo que menos me importa de ellos, los leo igual que escucho música, en un plano sensorial antes que intelectual.
Nunca he dejado de releer a Ory. Será un poeta maldito, o lo que quieran llamarle los que reparten los laureles según no sé bien qué criterios, será cierto que no le han otorgado el suficiente reconocmiento, y es probablemente verdad que ha estado al margen de todas las escuelas de las que ha sido contemporáneo, pero sigo envidiando su atrevimiento, su profundidad, su humor, su erotismo y su extraordinaria musicalidad. Tiene una obra demasiado abundante, escribía todo lo que se le ocurría y lo publicaba todo, de modo que hay muchos poemas mediocres en su extensa obra, pero cuando alcanzaba el cielo, Dios abdicaba en él.
Nos queda su poesía, o a lo mejor ni eso.
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