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martes, 19 de junio de 2012

Elegía por el Gobierno de la Nación en su lecho de muerte




Aquel hombre sin puños admite estar muriendo.
Su dentífrica barba embalsama la nieve
caída en el tejado que corona su boca
abierta por un perno fijado a su mandíbula.

Quiere escapar a gritos del manto de la tierra
aprisionar arbustos con sus saltos de corzo
escupir crisantemos sobre la ropa verde
que disimula el árido soporte de su pueblo.

Conoce el recorrido de su esperma cansado
a través de infecundas y estrechas galerías
donde pernoctan vírgenes de piel impermeable
brotadas, como el trueno, del aire resistente.

Su mente, estabulada, su verbo previsible,
los brazos replegados sobre el torso desnudo,
encogidas, ineptas, las piernas enfundadas
en su ciénaga ilustre de rigor y miseria.

No tiembla ante la esfinge que le vigila el sueño
tan mustio, despoblado, enfermo y prescindido
como un lagarto quieto al filo de una roca
para el que no hay más sol que el rayo que le besa.

Son muchos los que lloran rendidos desde el suelo.
Morosos llantos, lentos, robustos como botas,
proclaman en sus pies la muerte imprescindible
rizándose en sus labios como una lengua esquiva.

Mi llanto no es más suelto ni mi lugar más alto,
ni llega mi esperanza más lejos que la suya.
Alzar las manos duele, y agachar la cabeza,
y rescindir el digno contrato con la vida.

Recibe mi lamento, viejo esclavo del orden,
contempla esta cobarde colonia de plañidos,
pero teme a su prole, a sus hijos hambrientos,
porque serán sus uñas las que cierren tus párpados.






© Ramón Ataz

miércoles, 15 de febrero de 2012

Me apena (un soneto)

* A Elvira

 
Me apena que camines por la calle
colgada por el hombro a una vejiga
que guarda entre sus túneles de hormiga
de tu vida hasta el último detalle.

Que sea esa cartera la que entalle
la falda a tu cintura, la que siga
llenando de ansiedades su barriga,
me apena y más me apena que te estalle

la mitad de la vida en esas pieles
cosidas a tu piel, en ese infame
y odioso maletín que te encadena.
 
¡Que ardan en el fuego esos papeles
haciendo que el tedioso afán reclame
al fuego la extinción de tu condena!




© Ramón Ataz

jueves, 19 de enero de 2012

La balada del niño fósil



Padre, cuando esté muerto,


quiero quedar oculto por las piedras.



Que no me moje el agua


ni me erosione el aire, 


que permanezcan juntos

mis huesos ensamblados.


Cuando los años pasen


quiero ser descubierto

al fondo de una sima 


a la que el sol penetre.

 

Que mi sonrisa absurda

de alegre calavera


sorprenda a un cazador


(o si es posible a un niño


que corra tras su perro)



Que manos temblorosas


me vayan extrayendo


con plumas , rociadores


y blandas herramientas,


hasta que al fin resurja 


sin rasgos, sin especie, 

sin huellas dactilares.


Tan solo un armazón

desnudo y abatido.


Entonces, padre, quiero

que cuantifiquen pronto


mi edad cifrada en siglos,


que luego me acicalen,


me pongan entre vidrios 


y un día, algún muchacho


como yo, pero entero,


me mire fijamente


al hueco de los ojos


y atrape en su memoria


mis fósiles recuerdos.

sábado, 17 de diciembre de 2011

En el umbral


Sus dedos de pluma
-la puerta entornada-
aletean al aire
por si hubiera agua;
en Sol bautizados
vuelven a la casa.

Abierta la puerta,

su nariz escapa;
hociquea el aire
y no encuentra nada
entre los aromas
capaz de alarmarla.

Ojos entornados

sacan de la casa
penumbras calientes
y puertas cerradas;
la noche les hunde
luces como lanzas;

no, no sienten miedo,

no les amenazan
los destellos blancos
ni las sombras largas
ni el fugaz desfile
de serenas manchas.

En el interior

se abren como playas
sus lacios oídos
a una mar en calma;
el roncar del viento
mece la ventana.

Más allá del aire,

la mar traspasada,
detrás de la noche,
el silencio acaba.
Una nauseabunda
lluvia se desata.

Su boca sin líneas,

su cráneo sin cara,
sus brazos hendidos,
sus piernas taladas,
del umbral de mármol
vuelven a la casa.


© Ramón Ataz2011

domingo, 23 de octubre de 2011

Coplas del alma



No sé si de la persona
sobrevive algún aliento
tras la muerte;
si alguna esencia abandona
al cuerpo que sin sustento
yace inerte.

Pues si el alma es la presunta

promesa de trascendencia
que tenemos,
cualquier deudo se pregunta
por qué tan valiosa herencia
la perdemos.

Por qué si ser inmortal

es el sino con que el Cielo
nos alienta,
al acercarse al umbral
de la muerte el desconsuelo
se acrecienta.

Podéis juzgar mal ejemplo

que el morir dé beneficios
pecuniarios,
a aquellos que desde el templo
al alma hicieron oficios
funerarios.

Pues también los religiosos,

sacerdotes, monjas, curas
y prelados,
acometen temerosos
su ascensión a las Alturas,
descarnados.

Yo que nunca he descubierto

espíritus o difuntos
redivivos,
cómo voy a dar por cierto
ese río de trasuntos
fugitivos.

Corre la vida sin freno,

sin reposo ni descanso
ni posada,
hasta llegar al sereno
morir, eterno remanso
de la nada.

Que nadie me dé la llave

para la oscura caverna
de la Gloria;
que cuando por fin me acabe
solo llegue a ser eterna
mi memoria.






© Ramón Ataz2011

miércoles, 10 de agosto de 2011

Vidrio




Tras cada paso muero y luego avanzo un paso.
Entre pasos y muertes, la cuerda y la fatiga
se enredan en mis piernas, me frenan y me arrastran.

Sin más, estallar.
Persigo el destino de lo frágil
porque no puedo consumir más porciones del alma.

Como el vidrio esparcirme en cientos de fragmentos,
ser minúscula trampa que acecha en las alfombras
y recibe caricias de sus nudos de lana.

Quebrado y transparente,
memoria de los otros,
mi propio olvido.





© Ramón Ataz2011

jueves, 21 de julio de 2011

Lo que tu piel conoce

Lo que tu piel conoce de mi boca,
catecismo de lengua y de saliva,
es el dogma veraz que me objetiva,
el credo que te afirma y que te invoca.

Conoce de ella que es arena y roca
a la vez permanente y evasiva
o la sábana santa y adhesiva
que se extiende, te cubre y te provoca.

Producto de penumbras y de años,
lo acumulado en ella es el acervo
que recoge tu piel y que transmite

a la nación de amantes ermitaños
que fundaron la atmósfera y el verbo
en la tierra del íntimo escondite.





© Ramón Ataz2011